Para lograr que el producto fuese accesible a todos, empezaron por no romperse la cabeza con la trama: Rapunzel ha vivido siempre aislada en un torreón al que su madre acude sin falta todos los días. La chica no sabe que en realidad es la princesa del reino, raptada por una malvada hechicera cuando solo era un bebé, y que quien dice ser su madre es, evidentemente, la hechicera. Con la única intención de aprovecharse de la juventud que los mágicos cabellos de la princesa le proporcionan, la hechicera cría a Rapunzel como a su hija y evita que abandone la torre bajo el pretexto de protegerla de los males del mundo. Sin embargo, la curiosidad de la muchacha y la intervención de un joven (y apuesto) bandido la harán emprender una aventura más allá de los confines de la torre donde permanece voluntariamente prisionera...
Cuando en la primera escena Rapunzel empieza a cantar “When Will My Life Begin?” pensé que (yo) era idiota, que pese a lo amable y llevadero de la canción me había dejado engañar otra vez por las buenas críticas y que me tocaba tragarme hora y media de musical... La realidad fue bien distinta; hubo musical, pero me lo pasé como un crío de cinco años viendo la peli. Mejor, de hecho, a juzgar por el diablillo inquieto que no paraba de jorobar a nuestro lado, preguntando cada dos segundos a su sufrida madre cuándo acababa la película. Mantra: no hay que ir en fin de semana a ver pelis de dibujos, ¡no hay que ir en fin de semana a ver pelis de dibujos! Si ya lo sé, ¿por qué caigo en la misma trampa una y otra vez?
Digresiones varias al margen, el gran lastre de Enredados sería, obviamente, que cantan. Eso que tanto gusta a la gente de las pelis Disney a mí me pone los pelos de punta pero, mira por dónde, esta vez las letras están bien elegidas, tienen que ver con la trama (más o menos, tampoco nos pasemos) y dan buenos números como "Mother Knows Best”, donde la hechicera se convierte en una diva del Hollywood clásico, con bajada de escaleras y todo, o "I’ve Got a Dream", en la que una taberna repleta de asesinos y proscritos rompe a cantar marcándose la coreografía de turno ―el viejete borrachín cupidesco es la monda―. Incluso se permiten bromas autoreferenciales como que Flynn Rider, el ladronzuelo protagonista, afirme "yo no canto" y le obliguen a unirse a la función a punta de espada. Sin embargo, mi momento musical favorito es uno instrumental (o sea, que no cantan XD) con claras influencias célticas en su crescendo final. Con todos vosotros, “Kingdom Dance”:
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Técnicamente, Enredados alcanza cotas muy altas. Bajo su aparente sencillez de tonos pastel hay un gran trabajo de texturas e iluminación, y los personajes son un prodigio de animación y expresividad: las dos caras de la hechicera/madrastra están muy conseguidas, es una gran villana; Rapunzel escapa al arquetipo de damisela en peligro mediante ramalazos de carácter que contribuyen a crear buena parte de los momentos cómicos (como sus reacciones bipolares durante la huida, geniales), el resto caen en manos de Flynn, Maximus y Pascal (caballo de la guardia real y camaleón camorrista, para más señas). Sobre estos dos últimos cabe señalar que sacan nota en el siempre difícil arte de trabajar con personajes mudos. De hecho, el dúo formado por Flynn y Maximus ―que se comporta más como un perro gigante que como un caballo― protagoniza las escenas más absurdamente hilarantes de la película (¡duelo a espada!). Como siempre, los guionistas tienen el detalle de recordar que hay adultos acompañando a su público objetivo y se esfuerzan porque ellos también pasen un buen rato.
Todo lo arriba citado contribuye a incrementar el buen rollo general que desprende Enredados. Es tan previsible como puede serlo Disney adaptando un clásico, pero es amena, muy divertida y, oye, encantada de serlo. Si tenéis hijos, sobrinos o hermanos pequeños, tenéis la excusa perfecta para acercaros al cine. Si no, asumid con orgullo que por dentro seguís siendo como niños (quizá sin el “como”) y no os la perdáis.
¡Saludos!




















