John Luther y el binomio formado por Sarah Linden y Stephen Holder en The Killing son dos caras de la misma moneda. Ambos se adscriben al género policial centrado en la figura del detective, pero cada cual lo enfoca a su manera. Luther, efectista y cortada por el patrón británico de 6 ó 4 capítulos por temporada, tiene pequeños arcos de un par de episodios centrados en el psicópata de turno que entabla una dinámica de gato y ratón con Luther. La pareja de detectives de Seattle trabaja en un mismo caso durante toda la temporada (dos, si es preciso); de tempo pausado y desarrollo realista, la investigación se ramifica, se estanca, despista con falsos culpables y aporta todo lo necesario para tenernos pegados diez horas a la pantalla. Las dos propuestas son sólidas y se defienden con garra en su terreno, pero a la vez generan controversia. ¿Por qué? La resolución de los casos no convence, algo que parece característico no de estas dos obras en particular sino de un mal intrínseco al género.
En investigaciones como las de The Killing llega un punto en el que hay varios sospechosos o, peor aún, ausencia de ellos. ¿Quién es el asesino, entonces? ¡El menos esperado! Este afán por sorprender a menudo socava una labor de contención y buen hacer construida con paciencia capítulo a capítulo. Además, no solo frustra una expectativa razonablemente creada sino que deja una sensación de traición que tiende a empañar la temporada entera (por injusto que eso sea). Luther, con sus dos o tres mini casos por tanda, lanza la casa por la ventana en los últimos capítulos y aumenta su ya de por sí frenético ritmo desviándose del estándar, lo que en territorio británico significa recurrir a la presencia de armas de fuego (la policía de a pie no va armada y la tenencia pública por parte de civiles está duramente sancionada), secuencias de acción y, en consonancia, alguna que otra muerte (si me pongo a hablar del final de la cuarta temporada me caliento...). El resultado es similar al de The Killing: disconformidad, quizá decepción. Un conjunto que chirría.
Esto último deriva en otro factor a tener en cuenta: la baja tolerancia a la frustración en el público. Hay cosas que no se nos pueden hacer... o eso nos han permitido pensar porque nuestra presión de grupo ha repercutido en que, a efectos de viabilidad, así sea. Un producto mainstream tiene por objetivo hacer feliz al mayor número de espectadores posible, conclusión a la que se llega mediante matemática pura: si de diez personas va a disgustar a cinco, no se hará. Siguiendo con el ejemplo del género policial, damos por sentado que ciertos personajes son intocables (ese secundario encantador) o que si la vida de un niño pequeño corre peligro no hay nada que temer; los críos son sagrados. El asesinato de un niño es con frecuencia el detonante de la investigación, pero rara vez se cargarán a uno en cautiverio al final del caso. No es que en la vida real no suceda (como dicen, pasadas 24 horas tras la desaparición...), sino que si hacen según qué un buen número de espectadores pueden retirar su apoyo a la propuesta.
Luther y The Killing son obras que cuestionan y en ocasiones rompen estas normas no escritas. Semejante atrevimiento formal nace al abrazar y potenciar la oscuridad de sus protagonistas y sus tramas; es la razón por la que me entristece que sean precisamente ellas las que al final sucumben al cliché o ponen en evidencia su propia fórmula. En su tramo final, son ese alumno tocado por el talento pero irritantemente perezoso que se conforma con el notable y al que debemos presionar para que se esfuerce porque sabemos que es capaz de mucho más.







Novela y película son dos medios distintos, con sus virtudes y sus carencias. ¿Hasta qué punto es posible (¿fiel?) una adaptación? ¿Qué obras impiden, por su propia naturaleza, su traslación a la pantalla? El año pasado estrenaron "Babylon A.D.", interpretada por Vin Diesel y dirigida por Mathieu Kassovitz. Era una adaptación de la novela de ciencia ficción "Babylon babies". Sus 700 páginas, su complejidad argumental, la elección del actor y la limitación de la barrera comercial de las dos horas hicieron caer casi todas las tramas secundarias y modificar la principal, quedando finalmente solo la "esencia" de la novela. En un ejercicio de coherencia inusual, decidieron admitir que lo que hacían era una versión libre de la novela y modificaron el título de la película (sin referencias al libro en el cartel) para no confundir al espectador.
Siendo literatura y cine, pues, dos lenguajes tan distintos, me pregunto qué lleva a directores y guionistas a embarcarse constantemente en proyectos complejos que, de antemano, ya premonizan dificultades o carencias. Actualmente vivimos un nuevo apogeo de las series de televisión. Americanas, por supuesto… ¡que nadie mente a Resines&co.!;p). Es un medio que permite, por su naturaleza episódica y su dilatación en el tiempo, narrar historias más densas y profundizar con más paciencia en la psique de los personajes. Hace ya bastantes años pudimos disfrutar de las adaptaciones de "Shögun" o de "Norte y Sur" (por citar alguna). Y los ingleses están más que familiarizados con su propia literatura gracias a las estupendas series de corte clásico de la BBC.
Toda esta reflexión no lleva a ninguna parte, que cada cual haga lo que quiera con el material literario que ha adquirido legítimamente. Tampoco pretendo decir entre líneas que al cine solo deberían adaptarse obras "simples"; dos horas dan para mucho si se saben aprovechar. Sí que intento decir que las series de televisión, dado el actual esmero con que se producen y el creciente interés que despiertan en actores y directores unánimemente respetados en cine o teatro, deberían ser tenidas más en cuenta no como una alternativa si no como el vehículo más apropiado para narrar ciertas historias... y no como el hermano pobre del cine, precisamente. Ya no.