5 de julio de 2011

Libros: "La Princesa de Hielo"

por Cosette 


Había leído comentarios muy positivos sobre la obra de Camilla Läckberg, bautizada por algunos como la reina de la novela negra europea, así que, como amante del género, decidí dar una oportunidad a La princesa de hielo (Maeva, 2007), la ópera prima de esta autora que inaugura su serie protagonizada por la escritora Erica Falck y el comisario Patrik. Lo cierto es que no tengo ni idea de los oscuros motivos que me impulsaron a acabar la novela (supongo que soy demasiado tozuda para estas cosas) porque, francamente, la lectura se me hizo tan insufrible y tediosa que tardé tres semanas en finalizar un libro que, en circunstancias “normales”, me habría ventilado en tres o cuatro días. Y es que La princesa de hielo me ha parecido una auténtica porquería, así, sin más.

Creo que me dejé embaucar porque la premisa era buena y el argumento no deja de ser intrigante; tras el fallecimiento de sus padres, la joven escritora Erica Falck vuelve a su pueblo natal, Fjällbacka, donde se verá envuelta en una truculenta historia cuyos protagonistas no son otros que sus compañeros de infancia. Pocos días después de llegar al pueblo, Alex, la que fuera mejor amiga de Erica durante su niñez, es hallada muerta en la bañera de su casa. En un principio todos los indicios apuntan a un suicidio, pero pronto se descubrirá que Alex fue asesinada y que, además, estaba embarazada de pocas semanas. Con la ayuda del comisario Patrik, que pronto se convertirá en algo más que un amigo, Erica se adentrará en un oscuro secreto del pasado celosamente guardado.

Para empezar, creo que uno de los grandes fallos de este libro es la mezcla de géneros. Empieza siendo una novela de misterio para acabar degenerando en un folletín rosa donde los protagonistas parecen más preocupados por qué ropa interior llevarán en su siguiente cita que por resolver el asesinato de Alex. Y no os equivoquéis, aunque no es un género que frecuente con asiduidad, no tengo nada en contra de la chick lit, pero creo que para narrar una buena historia de amor y un buen misterio es necesario poseer un dominio de la narrativa y del desarrollo de personajes mucho mayor del que la Sra. Läckberg hace gala (os remito a Dennis Lehane y su serie Kenzie/Gennaro, o a Tana French y su Dublin Murder Squad series, o incluso a la británica Mo Hayder y sus libros protagonizados por el detective Jack Caffery si queréis leer buenas novelas de crímenes con una pequeña (y perfecta) dosis de desarrollo romántico).

Camilla Läckberg
No sé si la culpa es de la autora, o de una pobre traducción, o de todo a la vez, pero La princesa de hielo es una obra deficiente en todos los aspectos: mal pensada, mal construida y mal escrita. A la escritora se le nota de una forma un tanto descarada su intención de intentar impresionar al lector. Alguien debería hablarle a Camilla de lo que es la sutileza: impresióname, sí, pero que no se note. Y es que toda pretensión se desmorona tras las 125 primeras páginas, cuando Erica y Patrik se confirman como unos personajes carentes de cualquier encanto que se desenvuelven como pez en el agua en una trama melosa y pueril más propia de novela rosa de baja estofa y donde la investigación importa entre poco y nada. Y es que si me pones a Erica colándose en escenas del crimen en plena noche, escondiéndose en armarios y jugando a hacer de investigadora, la cosa adquiere tintes surrealistas.

A este respecto, también tengo la impresión de que la Läckberg no tiene ni pajolera idea ni se ha preocupado mucho por documentarse sobre cómo funciona la policía y los procedimientos utilizados en investigación policial. No suelo ser una lectora muy exigente en lo que se refiere a este tipo de tecnicidades, pero sí necesito unos mínimos. Por poner tan sólo un ejemplo, nos encontramos con que el entregado Patrik (al parecer el único investigador competente de la comisaría de Fjällbacka) descuelga el cadáver de un ahorcado simplemente porque hiere su sensibilidad; imagino la bronca monumental que le caerá de la Científica (que asumo que en Suecia también existe) por manipular el escenario del crimen; pero la autora omite todo detalle, obviamente.

La verdad es que ya no es solo que los personajes sean una caricatura, ni que el argumento resulte folletinesco, ni que esté mal documentada; el verdadero problema es, sencillamente, que la novela está mal escrita. El estilo en general (salvo algunos fragmentos que, todo sea dicho, resultan decentes) y los diálogos son insoportables, y da la sensación de que el texto se ha visto alargado hasta la saciedad en un intento de… ¿qué? ¿De que la historia resulte más lírica y profunda? A Tana French se lo paso porque leerla resulta una delicia, pero esta señora no le llega ni a las suelas de los zapatos. Por poneros un ejemplo, la novela incluye topicazos como “mantuvieron un tenso silencio durante varios minutos antes de hablar”. ¿Varios minutos? ¿Alguien ha intentado estar sin hablar varios minutos? O este diálogo hilarante en que una compañera de Patrik indaga sobre la destreza sexual del policía: 

“—¿Estáis aún en la etapa del bingo?
—¿Qué es la etapa del bingo?
—Sí hombre, ya sabes, cinco seguidos…” 

¿En serio era necesario incluir detalles como que Patrik es capaz de meterla cinco veces sin parar (!) en su primera noche de amor con Erica? (dichosa ella, eso sí). Y quizá soy yo la que está poco puesta en jerga sexual, pero ¿alguien había escuchado alguna vez eso de la “etapa del bingo”? Por no hablar de auténticas perlas en el de desarrollo de personajes diseminadas aquí y allá, como los dilemas existenciales de ella (está en un sin vivir porque tiene las bragas sucias esparcidas por la habitación cuando tiene que venir su ligue a cenar) y las preocupaciones de él (que no se le escape un pedo en pleno acto sexual).

De todas formas, creo que el fragmento más surrealista (y patético) lo encontramos cuando Erica, al más puro estilo Bridget Jones,  se enfrenta al dilema de elegir la ropa interior que lucirá en su primera cita con Patrik: ¿tanga de encaje o bragota de la abuela? Os dejo con el fragmento ya que, si bien resulta un poco largo, recoge a la perfección el petardeo insoportable de la protagonista.

“El primer dilema se le presentó después de la ducha cuando, igual que su heroína favorita, Bridget Jones, se vio ante la elección de qué braguitas ponerse. ¿Debía elegir su precioso tanga de encaje, por si se presentaba la remota ocasión de que ella y Patrik acabasen en la cama? ¿O, por el contrario, sería más acertado ponerse esas bragas enormes y horrendas con sujeción para la tripa y el trasero, que incrementarían considerablemente las posibilidades de que Patrik y ella acabasen en la cama? Difícil elección. Sin embargo, teniendo en cuenta la envergadura de la tripa, resolvió por fin ponerse la variante más favorecedora. Y, sobre ellas, unas medias también con sujeción. En otras palabras, la artillería pesada. (…) Se colocó ante el espejo de perfil y metió la tripa. Y sí, con ayuda de la combinación braguitas-faja, medias-faja y respiración contenida, su aspecto resultaba bastante aceptable. Así, tuvo que admitir que los kilos extra no eran tan perjudiciales. Podría vivir sin los que habían ido a parar a la tripa, pero el que se había distribuido por los pechos hacía que una hendidura bastante homogénea se dejase ver por el escote del vestido. Cierto que con la ayuda de un sujetador con relleno, pero esos remedios debían de ser de uso generalizado hoy en día.” 

¿…?

Lo que me asombra verdaderamente es que este libro esté considerado un imprescindible de la novela negra de los últimos años y vaya ya por su... 30ª? edición. Ya les vale. Y me pregunto yo, ¿quién encumbra a escritoras tan mediocres como Camilla Läckberg? Sinceramente, no tengo ni la menor idea y creo que prefiero no saberlo. No me gusta ser tan destructiva en una crítica (al fin y al cabo, escribir un libro conlleva un esfuerzo y tiene su mérito), pero en este caso el resultado deja tanto que desear que considero todos mis ataques justamente merecidos. La princesa de hielo es una novela predecible, prescindible y poco memorable; mal hilada, forzada y muy poco consistente. No entiendo a qué ha venido tanto bombo con esta escritora y con esta novela en concreto. Quizá el nivel general de la Läckberg mejora en sus posteriores obras (tengo entendido que las serie de Patrik y Erica consta de, por lo menos, cinco libros), pero personalmente no pienso molestarme en leer ni uno más. Quizá como escritora de chick lit podría tener un futuro, pero como autora de suspense esta señora da verdadera vergüenza ajena.

18 de mayo de 2011

Cine: "Tokio Blues" ("Norwegian Wood")

Haruki Murakami tiene fama de inadaptable. Su gusto por mezclar el folklore nipón y lo onírico con historias cotidianas e introspectivas quizá tenga algo que ver. Ha sido otro asiático, Tran Anh Hung, quien se ha atrevido a trasladar a la gran pantalla la obra más internacional del novelista: Tokio Blues (Norwegian Wood).

Retomando el viejo debate de si una adaptación debe ser fiel a los hechos o a la esencia de la historia en que se basa, el director vietnamita ha hibridado ambas opciones. Pese al holgado metraje de 130 minutos, muchos son los elementos que han quedado fuera. No queda ni rastro del sentido del humor que sobrevolaba las páginas de Murakami (las locuras de Tropa de Asalto han quedado reducidas a un innecesario cameo, los juegos constantes de Midori se han convertido en honesto flirteo), pero la nostalgia, el dolor, la responsabilidad, las emociones y la magnífica recreación de una época están ahí.

Gracias a su fotografía preciosista, Tokio Blues funciona como una película sensorial en la que cada fotograma exuda humanidad. El uso de una paleta fuertemente contrastada, bañada por luces ocres, azules o blancas que concuerdan con los estados de ánimo de los protagonistas, recuerda a la de otros cineastas como Wong Kar-Wai, capaces de enamorar a nuestras retinas hasta el punto de olvidar que tras tanta belleza plástica debe haber una narrativa fluida. Durante la mayor parte del tiempo, Tokio Blues supera ese bache sin dificultad. Para lograrlo, la complejidad introspectiva del relato desaparece (el uso de voz en off, homenaje a los pasajes literarios y enlace directo con la psique del narrador-protagonista, es casi inexistente) en favor de centrarse en el triángulo amoroso formado por Watanabe, Naoko y Midori, probablemente la única forma de llevar a cabo la adaptación sin traicionar al original. Sin embargo, las elipsis frecuentes del último tercio entorpecen la comprensión y la cabeza de Watanabe se torna en territorio inescrutable (ya costaba ver la lógica de ciertos eventos en papel, así que imaginaos).


Un tramo final mejorable no es suficiente para empañar la buena impresión general que deja Tokio Blues, una película recomendable para aquellos que estén acostumbrados al tempo pausado del cine asiático. De todas formas, si el buen hacer de Tran Anh Hung cala en vosotros, no puedo sino señalar en dirección a la novela de Haruki Murakami, fuente de inspiración, riquísima en matices y muy apreciada por varios lectores de este blog.

¡Saludos!

11 de mayo de 2011

Series: "Fringe" (S3 season finale)

Es curioso que en tres temporadas nunca haya dedicado una entrada a Fringe. Pensando en las razones, la más evidente debe de ser que la veo sin tomármela en serio; ojo, lo hago a gusto, disfrutando de un producto entretenido, excelente tanto en lo técnico como en lo interpretativo (salvo Joshua "Pacey" Jackson). El problema es que, sabiendo quién mueve los hilos, era previsible que tarde o temprano llegáramos al punto donde acaba de dejarnos el finale de la tercera temporada...


Spoilers a partir de este punto.

Fringe tardó en encontrar una voz. En sus inicios, coqueteó con los conceptos de The Pattern y The Observer como telón de fondo mediante casos autoconclusivos que evidenciaban el advenimiento de algo chungo. Olivia tenía un rollete, el agente John Scott, y un compañero, el agente Charlie Francis. ¿Dónde dejaba eso a Peter? De niñera de Walter y algo así como un traductor genio-espectador de los discursos pseudocientíficos de su padre. En la segunda temporada solventaron ese "problema" eliminando obstáculos (los mentados hombres de Olivia) para poner a Peter en una posición personajística injustamente privilegiada: de vulgar consultor civil era ascendido a compañero de facto de Olivia y, por lo tanto, tercera pata del relato, ahora sí, con todas las de la ley. Con el mismo fin, el de avanzar imparable por una senda narrativa segura, Fringe ha ido dando carpetazo sin más a toda carga, ya fuese una agente de otro estado que husmeaba en los eventos Fringe (la despacharon en un pis-pas), los interesantísimos shape-shifters, la relación de Peter con la mafia local y su exnovia prostituta o una impresionante galería de villanos (¿hay que creerse que David Robert Jones era un simple sicario de Walternate?). Finalmente todas las piezas estaban donde interesaban y el rollete entre Peter y Olivia brotó de la nada; sobre el papel en el despacho de un productor funcionaba, estoy seguro, pero no logré verlo en pantalla. En serio, Peter sacaría un cerapio en carisma (que no Joshua Jackson; Onari, discuss! ;p), juntos duermen a las piedras y ni el peor guionista se cree lo rápido que "he belonged with her". Pero claro, ¿qué hacer con Peter, si no? Mientras, nos era revelado el secreto de los Bishop y sus trágicas e inesperadas consecuencias: dos universos enfrentados en una guerra que acabará con la existencia de uno de ellos. ¿El arma definitiva? El pene de Peter Bishop.


Si bien los pergaminitos proféticos y la consiguiente relevancia de Peter (y sus decisiones amorosas, je) se regodeaban en lo ridículo y traían a la mente lo más chungo de Alias, la presentación del universo paralelo supuso un soplo de aire fresco que germinó en el mejor arco narrativo que la serie ha tenido hasta el momento: situaciones trepidantes, recuperación de valiosos secundarios (Charlie Francis), incorporación de personajes bien construidos (Lincoln Lee) y, en general, un despliegue de talento interpretativo coronado por la versatilidad de John Noble y Anna Torv. Una vez despojados de las apariencias y cómodos con la etiqueta de ciencia ficción, el final de la tercera temporada no ha hecho sino reforzar tal posición mediante un diálogo intertextual con obras capitales del género como Terminator, X-Men e incluso Doctor Who. "The Last Sam Weiss" se cerró con un flashforward, un efecto Shyamalan anticipado para hacer salivar al espectador de cara a "The day we died", en el que se exploran las consecuencias de los eventos que están teniendo lugar en el tiempo presente. En quince años, nuestro universo se parecerá al de ellos, Walter cumplirá condena como responsable de que nuestro universo se resquebraje, Peter y Olivia dirigirán la Fringe Division (el primero emulando a John Connor y la segunda, a Charles Xavier) y, lo más importante, Astrid no ocultará que es super-hot.


El capítulo en sí me gustó, pues si algo tiene Fringe es una factura técnica de caramelo y habilidad sobrada para crear atmósferas inquietantes, pero ha entrado en el peligroso territorio de la sorpresa, de la negación de sus propias constantes, del WTF como solución recurrente (por ejemplo: “he’s the man who’s gonna kill me”, así, sin pestañear, con Giacchino petándola de fondo, ¿era necesario?). Dónde nos llevará este final en términos de historia y desarrollo de personajes está por ver. No soy partidario del camino que han tomado porque, salvo Bill Murray en clave de comedia, nadie maneja con gracia ciertos elementos (ni siquiera el propio Abrams en Star Trek). Digámoslo claro: las paradojas temporales son una mierda. Se cargan la coherencia y degeneran en absurdo. Además, no sé vosotros pero yo no temo por Peter; estamos en un show de Abrams, que siempre acaban con casa-perro-niño, así que Olivia recordará a Peter en algún momento y listos, como ya hiciera Amy Pond (cuánto odié ese final). Por eso tampoco temí cuando Walternate mata a Olivia, porque cuando la norma es que no hay normas (véase la “explicación” final de Walter), que  todo se puede arreglar apelando a la vuelta de tuerca, la emoción se queda por el camino.

Hubo dudas acerca de la renovación de la serie durante buena parte de la temporada. La incertidumbre le sentó fatal, igual que a cualquier otra serie; derivó en tanteo y falta de contundencia (debido a la falta de seguridad). Personalmente, sería feliz si Fringe finalizara en la cuarta temporada y los guionistas pudieran escribir con margen un epílogo digno de todo lo bueno que son capaces de dar cuando no ceden a la presión con malas ideas, WTF’s y deus ex machinas (aquí, literalmente). De lo contrario, la penosa marcha que en su día emprendió Lost ya ha dado aquí su primer paso.

¡Saludos!

26 de abril de 2011

Series: "Game of Thrones", "Himym", "Community"

Mes y medio de exilio, but I'm back and that's what matters. ¡Empecemos!

Abrimos fuego con el piloto de Game of Thrones. Ni en nuestros sueños más húmedos hubiéramos soñado, hace cinco años, que orquestaría HBO, que tendríamos este pedazo de casting y semejante nivel de producción (incluso la secuencia de créditos, recreando las tierras de Poniente, es espectacular). En cuanto al casting, conviene que alguien explique a los encargados de tal tarea un concepto válido de belleza masculina (la femenina está claramente canonizada): excelente para Jamie pese a las dudas levantadas por su prominente apéndice nasal, suficiente discutible para el raruno Theon y suspenso sin opción a reválida para Joffrey. Al margen de este detalle, una vez se acepta el aumento en las edades, es un honor incalculable contar con Sean Bean (lo bueno, si br...); Peter Dinklage como Tyrion no podía ser más perfecto; Catelyn no es hermosa pero sí regia e intensa; Arya, Rob, Bran, Daenerys, Viserys y Drogo son magníficos; y Cersei, Robert y Jon no son como imaginaba pero le he pillado el punto al trabajo de Lena Headey, Mark Addy y Kit Harington. En cuanto a la producción, ya se ha comentado en otros blogs lo desangelado de Pentos; estoy más o menos de acuerdo (aunque no se me ocurren demasiadas formas de representar con elegancia un inmenso desierto... ), pero me chirrió más lo poco salvajes que parecían los dothraki: la boda era un poco cutre. En cualquier caso, esto es tele y el nivel general es muy alto para el formato; lo único que de verdad me preocupó fue la narrativa.

Los que estamos familiarizados con las novelas conocíamos a los personajes de antemano y celebramos sus apariciones, incluso aquellos, como Theon, de quienes no se dijo ni el nombre; por otra  parte, la información omitida o simplificada es automáticamente proporcionada por nuestro friki-cerebro (proceso idéntico al que tiene lugar durante el visionado de las pelis de Harry Potter). No tengo tan claro que el neófito siguiera con facilidad los tejemanejes de Stark y Lannister, entendiera la especial relación de Eddard y Robert con Jon Arryn o la línea Targaryen al otro lado del océano (en relación a esto, que el "him" pronunciado por Robert frente a la tumba de Lyana se refiriese a Rhaegar, ¿innecesariamente enigmático?). De todas formas, solo es el piloto, la toma de contacto con los personajes, y hay que dejar que la serie desarrolle sus propias tramas al margen de las novelas. Por el momento, la acogida del capítulo por parte de crítica y público ha sido tan buena que desde HBO ya se ha dado luz verde a lasegunda temporada; el arranque es inmejorable. La cosa promete.


La renovación de HIMYM por otras dos temporadas me sentó como un jarro de agua fría: no me gusta que las series se eternicen o, dicho de otro modo, me gusta que acaben cuando toca, algo que con las comedias es difícil de precisar. Con HIMYM, realmente me importa un pito quién es la madre; por mí Ted podría soltarles a los niños que en realidad es Robin pero que alteró el relato para hacerlo divertido porque... Robin no tiene rival. De todas formas, la identidad de la madre es una mera excusa para hablar de este grupito de gente y siento que otros cuarenta y pico capítulos, pese a los buenos momentos que han dado, son demasiados. Espero equivocarme.

Para hacer llevaderos los hiatos de HIMYM me he ido enganchando, por este orden, a The Big Bang Theory, Scrubs, Modern Family y Community. Llevo TBBT a ritmo de emisión y, como mi favorito no es Sheldon (que se ha apoderado del show), no disfruto como con las primeras temporadas, pero aguanta el tipo (mi favorito es Wolowitz, por cierto ;>). Scrubs debo recuperarla en algún punto de la tercera temporada; no sé por qué paré de verla porque me reía mucho con ella (¡grandioso Dr Cox!). Modern Family fue un segundo plato de manual para ocupar los hiatos de HIMYM y TBBT: demasiado clásica, demasiado blanca. Solo disfrutaba de veras con Phil y Claire, las salvajadas de Jay y algunas salidas de Cam. Así que sin casi darme cuenta la reemplacé por... Community.

Jeff Winger, abogado de éxito, es inteligente, elitista, mujeriego, amoral y tiene un cuerpazo de infarto; además de todo esto es el cabecilla de un grupo de estudio para Español como Lengua Extranjera en Greendale, una universidad pública a la que atienden quienes no tienen donde caerse muertos. ¿Y qué hace un tipo como Jeff Winger en un sitio como Greendale? Pues se descubrió que entre sus muchas habilidades estaba la de timador y que su título para ejercer era falso. Para obtenerlo, elige la vía rápida: Greendale, el lugar más cutre de la Tierra donde trabaja como profesor un antiguo cliente de quien espera obtener ayuda. Evidentemente, las cosas no resultarán como esperaba y se verá atrapado durante cuatro largos años en la universidad rodeado por seis extravagantes compañeros. Me he tragado la primera temporada de Community sin pestañear, cautivado por las locuras que a este grupo de perdedores se les ocurre en cada capítulo. No son solo ellos, a los profesores también les falta un tornillo: el amenazador señor Chang, un chino loco enseñando español, o el decano, obsesionado con hacer de Greendale un lugar mejor y... con el torso esculpido en mármol de Jeff.

Todo lo que pido a una comedia es echarme un par de risas y Community cumple tal cometido con creces. Parte de estereotipos para mofarse de los estereotipos, no para de hacer metacomentarios sobre qué está pasando en la serie o sobre cómo se desarrollaría tal situación aplicando las reglas del género (Abed, que vive la vida como una serie de TV, es clave) y gasta buenas dosis de humor negro (Jeff es un protagonista inusualmente cabrón), además de no cortarse un pelo para lanzar pullas a la competencia. También se nutre del ridículo y el humor absurdo, a menudo para poner la teórica superioridad intelectual de Jeff al nivel del betún y dar a entender que no hay que tomarse la vida demasiado en serio. De vez en cuando también se regala con capítulos temáticos y homenajea abiertamente al cine de Scorsese o parodia el género de acción como en "Modern Warfare", del cual no quiero decir nada salvo confirmar que, en efecto, era tan bueno como decían (y eso que la teoría de la expectativa ponía a este capítulo por las nubes).

Salvo pilotos o season finales, no suelo comentar series cuyo visionado tengo a medias, pero Community ha supuesto una agradable sorpresa que me apetecía compartir con mis amados seis lectores. Avanzo a ritmo de capítulo diario y sé que cuando alcance a la emisión yanqui una dosis semanal me sabrá a poco... ¿Todavía hace falta decir que os la recomiendo?

¡Saludos!

(P.D.: no reedito por pereza, pero acabo de ver el segundo episodio de Game of Thrones y me alegra comprobar que la cosa va viento en popa, manteniendo el gran nivel de la premiere y desenvolviéndose con habilidad… ¡qué ganas de ver el tercero!) 

14 de marzo de 2011

Cine: "El discurso del rey"

Se hace difícil hablar de una película después de que esta gane tres Oscar a mejor película, director y actor principal. Corre uno el riesgo de pasarse buena parte del metraje pensando que no es para tanto, o de esperar esa gran escena que la certifique y encumbre como la gran obra que otros ya han decidido que es (la mejor película americana del año, nada menos). Personalmente, sucumbí a la teoría de la expectativa como cualquier otro y a ratos pensaba en ese trío de estatuillas doradas e imaginaba a dos de ellas brillando con más intensidad en manos de otro, aunque también era fácil entender por qué los académicos se decantaron por esta opción.

El Discurso del Rey sigue a rajatabla el camino marcado en anteriores ediciones en el afán por premiar a tullidos, retrasados y actores atractivos afeados que superan algún tipo de obstáculo mediante esfuerzo y perseverancia. En este caso, el rival a batir es el grave problema de dicción que sufre el Duque Albert de York y su consecuente incapacidad para pronunciar discursos. Es un planteamiento original, no cabe duda, más que el del enésimo púgil que reivindica el poder de la clase baja mediante la fuerza de sus golpes. ¡Ay, si Wahlberg hubiera sido tuerto! (aunque a Jeff Bridges no le sirviera de nada...). Cisne Negro no encajaba del todo en estos parámetros por ser demasiado oscura y arriesgada, y no todos los años puede ganar el patito feo la tasa de bohemicidad de los académicos es limitada. Finalmente, La Red Social probablemente fuera la que se llevó el gran chasco, aunque yo lo veo lógico: fría, pedante, personajes antipáticos, para "padalares selectos" y, además, jodidamente soporífera. ¡Menos mal que no ganó!

Entre las virtudes de la campeona se cuentan una historia amable explicada con sencillez que facilita la empatía del público hacia el tartamudo Albert y un elenco actoral respaldado por nombres de la talla de Colin Firth, Geoffrey Rush o Helena Bonham Carter. A los dos últimos les arrebataron la estatuilla al mejor secundario: la de la duquesa es una de esas nominaciones que nunca he comprendido bien, ¿qué tiene de especial? (un saludo, Judi Dench); por otra parte, la composición que hace Rush del logopeda es remarcable, clave en la película y responsable de la fina ironía (australiana) que acompaña a sus apariciones a él le corresponden los mejores one-liners en el duelo de intelecto con el duque. Evidentemente, el peso pesado del film es la interpretación del duque Albert, que le ha valido a un magnífico Colin Firth el Oscar en su segunda nominación consecutiva a la categoría de mejor actor.

Dada su narrativa lineal y previsible, el mayor atrevimiento del film recae en lo visual: planos de medio cuerpo incómodos (metáfora del ánimo del duque), asimétricos, que muestran grandes espacios vacíos, y un abuso del ojo de pez, el contrapicado y el plano forzado para potenciar esa misma sensación de incomodidad. Por lo demás, El Discurso del Rey es una película convencional, clásica, bien contada, correcta en todos los frentes pero (salvo Colin Firth) no sobresaliendo en ninguno...  exactamente las mismas razones que se argumentaron para descartar en la carrera por la estatuilla a The Fighter o, por todo lo contrario, a Cisne Negro. Todo esto lleva a pensar que, como siempre se viene diciendo, las razones que llevan a una película hasta el podio no tienen que ver tanto con su calidad e innovación sino con el marketing y el politiqueo entre productores y académicos. Personalmente, creo que es entretenida pero el Oscar le viene grande.

Otras consideraciones:
* La ampliación en la categoría de mejor película de cinco a diez nominadas solo sirve para que los frkis (Inception), los indies (Los chicos están bien) o los niños grandes (Toy Story 3) no frunzan el ceño, porque de ahí a otra cosa... McGuffin explora la idea aquí.
*¿Por qué no fusionan las categorías de mejor película y mejor director? Desde la edición de 1980 (por empezar por algún sitio), la misma película se llevó ambos galardones en 26 de 32 ocasiones.

¡Saludos!

3 de marzo de 2011

Cine: "Enredados" ("Tangled")

Enredados es el equívoco nombre que los responsables de marketing de Disney han elegido para contar su versión de la historia de la princesa Rapunzel. Tras la desastrosa Tiana y el Sapo tocaba probar algo nuevo, y ha sido el propio estudio (y no Pixar) el encargado de insuflar vida tridimensional a la rubia de melena infinita y al resto de personajes. El invento, a nivel de crítica y respuesta del público, les ha salido estupendamente.

Para lograr que el producto fuese accesible a todos, empezaron por no romperse la cabeza con la trama: Rapunzel ha vivido siempre aislada en un torreón al que su madre acude sin falta todos los días. La chica no sabe que en realidad es la princesa del reino, raptada por una malvada hechicera cuando solo era un bebé, y que quien dice ser su madre es, evidentemente, la hechicera. Con la única intención de aprovecharse de la juventud que los mágicos cabellos de la princesa le proporcionan, la hechicera cría a Rapunzel como a su hija y evita que abandone la torre bajo el pretexto de protegerla de los males del mundo. Sin embargo, la curiosidad de la muchacha y la intervención de un joven (y apuesto) bandido la harán emprender una aventura más allá de los confines de la torre donde permanece voluntariamente prisionera... 


Cuando en la primera escena Rapunzel empieza a cantar “When Will My Life Begin?” pensé que (yo) era idiota, que pese a lo amable y llevadero de la canción me había dejado engañar otra vez por las buenas críticas y que me tocaba tragarme hora y media de musical... La realidad fue bien distinta; hubo musical, pero me lo pasé como un crío de cinco años viendo la peli. Mejor, de hecho, a juzgar por el diablillo inquieto que no paraba de jorobar a nuestro lado, preguntando cada dos segundos a su sufrida madre cuándo acababa la película. Mantra: no hay que ir en fin de semana a ver pelis de dibujos, ¡no hay que ir en fin de semana a ver pelis de dibujos! Si ya lo sé, ¿por qué caigo en la misma trampa una y otra vez?

Digresiones varias al margen, el gran lastre de Enredados sería, obviamente, que cantan. Eso que tanto gusta a la gente de las pelis Disney a mí me pone los pelos de punta pero, mira por dónde, esta vez las letras están bien elegidas, tienen que ver con la trama (más o menos, tampoco nos pasemos) y dan buenos números como "Mother Knows Best”, donde la hechicera se convierte en una diva del Hollywood clásico, con bajada de escaleras y todo, o "I’ve Got a Dream", en la que una taberna repleta de asesinos y proscritos rompe a cantar marcándose la coreografía de turno ―el viejete borrachín cupidesco es la monda―. Incluso se permiten bromas autoreferenciales como que Flynn Rider, el ladronzuelo protagonista, afirme "yo no canto" y le obliguen a unirse a la función a punta de espada. Sin embargo, mi momento musical favorito es uno instrumental (o sea, que no cantan XD) con claras influencias célticas en su crescendo final. Con todos vosotros, “Kingdom Dance”:
 .


Técnicamente, Enredados alcanza cotas muy altas. Bajo su aparente sencillez de tonos pastel hay un gran trabajo de texturas e iluminación, y los personajes son un prodigio de animación y expresividad: las dos caras de la hechicera/madrastra están muy conseguidas, es una gran villana; Rapunzel escapa al arquetipo de damisela en peligro mediante ramalazos de carácter que contribuyen a crear buena parte de los momentos cómicos (como sus reacciones bipolares durante la huida, geniales), el resto caen en manos de Flynn, Maximus y Pascal (caballo de la guardia real y camaleón camorrista, para más señas). Sobre estos dos últimos cabe señalar que sacan nota en el siempre difícil arte de trabajar con personajes mudos. De hecho, el dúo formado por Flynn y Maximus ―que se comporta más como un perro gigante que como un caballo― protagoniza las escenas más absurdamente hilarantes de la película (¡duelo a espada!). Como siempre, los guionistas tienen el detalle de recordar que hay adultos acompañando a su público objetivo y se esfuerzan porque ellos también pasen un buen rato.


Todo lo arriba citado contribuye a incrementar el buen rollo general que desprende Enredados. Es tan previsible como puede serlo Disney adaptando un clásico, pero es amena, muy divertida y, oye, encantada de serlo. Si tenéis hijos, sobrinos o hermanos pequeños, tenéis la excusa perfecta para acercaros al cine. Si no, asumid con orgullo que por dentro seguís siendo como niños (quizá sin el “como”) y no os la perdáis.

¡Saludos!