16 de enero de 2017

Cine: "Silencio"

Últimamente intento disfrutar de la ficción con el mínimo conocimiento previo posible. Al margen de la atracción hacia tal o cual director o intérprete, esto consiste en no ir más allá de la sinopsis de una serie o evitar el trailer de una película —cuentan demasiado, ¿no creéis?—. Cómo no, a veces el tiro sale por la culata: Silencio, lo último de Scorsese, es un tostón de cabo a rabo. Pero vayamos por partes y veamos los dos minutos de trailer. 

 

Visto a posteriori, sorprende porque anticipa justo lo que NO existe en la película: ritmo, acción, sangre en las venas, ¡música! De hecho, ésta brilla por su ausencia en una elección de parquedad extrema (adiós, cuerda apasionada y desgarradora). Es más, estos dos minutos atesoran cada instante en que la cámara o los personajes se mueven más rápido que un caracol... milagros del montaje, ciertamente. ¡Ni siquiera se reservan el único katanazo que se arrea! El contraste entre trailer trepidante y película soporífera me recuerda a El topo (Tinker Taylor Soldier Spy), salvo que aquella iba ganando ritmo hasta resultar misteriosa y atractiva. Zatoichi sería otro buen ejemplo de cómo mantener el balance entre dos partes diferenciadas de una misma película. Silencio, en cambio, es un suplicio constante de dos horas y media. 

Si no fuera de Scorsese, imagino el batacazo comercial de una película que solo habría congregado a un puñado de fieles, pues habla sobre la fe, las firmes creencias, la compasión y la duda cristiana. Si Dios existe, ¿por qué no se manifiesta y nos ilumina? ¿Por qué no sufre a nuestro lado? ¿Tiene sentido la misión de los jesuitas en Oriente? ¿Judas (también) merece el perdón? Es probable que engrose la lista de historias cuyo debate genera más interés que el visionado o la lectura en sí. 


Pienso que uno no debería comulgar con la doctrina expuesta en una obra para ser capaz de disfrutarla, pero tengo la sospecha de que, como ateo, no hay conexión posible con la historia ni el drama que aquí se plantea. En mi caso, además, la empatía hacia la calidad humana de los padres Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver) fue esquiva desde el primer minuto. Son el retrato de quienes predicaron y forzaron "la verdad" entre aquellos que la desconocían, sin prestar verdadera atención a las circunstancias de éstos más allá de extender la palabra del Señor. Hay un diálogo del padre Rodrigues particularmente ilustrativo al respecto: 
"Os hemos traído la verdad, y la verdad es universal. Es común a todas las naciones en todas las épocas, por eso la llamamos la verdad. Si una doctrina no fuese tan cierta en Japón como lo es en Portugal, no podríamos llamarla la verdad". 

La arrogancia de Rodrigues sube otro peldaño cuando, en cierto pasaje, se compara nada menos que a Jesucristo. Utilizo ambos ejemplos para exponer una de las pesadas losas de Silencio: la (ya cansina) mirada del hombre blanco en ficción. La cinta se centra en el dolor del padre Rodrigues y su compatriota Garupe, cuando los verdaderos héroes y protagonistas son los campesinos japoneses que se jugaban el pescuezo al convertirse en kirishitan/cristianos —como he comentado antes, no se ahonda en la causa social de dicha conversión—, lo que les exponía a un tormento que Rodrigues elude. Eso sí, la cámara se encarga de que sepamos cómo sufre… desde la barrera. Las agallas de un Mel Gibson hubieran venido bien para contar la historia desde una perspectiva heterogénea —puestos a defender la veracidad, los jesuitas hablarían portugués y castellano—. Con este panorama, era fácil que la empatía fluyera a la inversa, hacia el bando nipón, los supuestos villanos de la historia (fabulosos Tadanobu Asano, Yösuke Kubozuka e Issei Ogata). 


Por parte de lo expuesto, es duro llegar al final de un metraje así de exigente —hasta sus defensores consideran que un tijeretazo le sentaría bien— y que lo único que despierte en tu interior sean bostezos seguidos de un frustrante "¿Y qué?". Me pregunto cuánto de todo ello es intencionado. 

Silencio está bellamente filmada y tras cada plano hay oficio, la plena consciencia de un director que ha dedicado la vida a cultivar el séptimo arte. No obstante, si en lo narrativo Scorsese ha hecho la película que quería hacer, me temo que resulta alienante (por las razones erróneas), redundante y, en definitiva, una pérdida de tiempo. 

¡Saludos!

PD: el cameo de Liam Neeson no compensa, pero ahí le tenemos, bien grandote en el póster. Que no se diga que metieron la pata por el marketing.

10 de enero de 2017

Series: "El Ministerio del Tiempo"


Vaya la conclusión por delante: me declaro totalmente #ministérico (y #cayetaner ❤... ou yeah!).

Así es, mis queridos lectores. Sé que algunos estáis sorprendidos. Yo mismo lo estuve, mientras veía el primer capítulo. Durante los 21 restantes me he limitado a pasarlo bien y a dejarme llevar por esta gran serie de ficción española. ¡Pata negra, me atrevo a decir!


No sé qué fue lo último que vi ni cuánto hace, pero la idea de que las series españolas son malas a rabiar estaba arraigada en lo más hondo de mi ser. Harto del hype, confieso que no vi el piloto tanto para evitar perderme algo bueno sino más bien para certificar que la calidad seriéfila seguía siendo un nicho bien acotado de ficción británica y americana (actitud reprochable, lo sé). ¡Error! ¿Y ahora qué hay que hacer? ¿Revisar toda la producción nacional? ¿Desde qué año?


* Nos pusimos con Mar de Plástico y, tras dos episodios, a mí ya se me pasaron las ganas de seguir (Cosette la toleraba algo mejor).


Si he empezado esta crítica por la conclusión es para que nada de lo que diga a partir de ahora empañe o enturbie mi veredicto: que el Ministerio del Tiempo mola y estoy encantado de que  la renueven para una tercera temporada.


En el piloto nos explican la clásica historia de origen donde conocemos a los protagonistas y de qué va la trama. Julián Martínez (Rodolfo Sancho) vive en 2015 y es un trabajador del Samur hastiado de la vida. Desde que su mujer murió un par de años atrás, se ha volcado en su trabajo, que lleva a cabo de forma algo temeraria. Cuando se cuela en un edificio en llamas porque ha oído voces en el interior, cree ver allí a un oficial del ejército napoleónico. ¿Se está volviendo loco? Amelia Folch (Aura Garrido) pertenece a la clase alta catalana de inicios del XIX y es una de las primeras mujeres de la historia española que asiste a la universidad, donde —pese a ser brillante— es completamente ignorada. Es una adelantada a su época, clara señal de que tal vez debería aceptar la peculiar invitación que una igualmente peculiar mujer le ha hecho de viajar al futuro. Finalmente, Alonso de Entrerríos (Nacho Fresneda) es un veterano soldado de los Tercios de Flandes que está a punto de ser ejecutado por insubordinación. Ante tal panorama, salvar el pescuezo a cambio de trabajar para un Ministerio del que nunca ha oído hablar —y que gestiona actividades como fingir su propia muerte— parece un trato razonable.

Los tres forman una patrulla de viajeros temporales cuya principal misión consiste en prevenir alteraciones en la historia de España. En consonancia, el lema del Ministerio reza "El tiempo es el que es" y...

¿Quieres seguir leyendo? ¡Me alegro! Me esforzaré por no reventar demasiado.



SPOILERS (LEVES) A PARTIR DE ESTE PUNTO


Por supuesto, mantener el tiempo como un ente inalterable es un ideal que se quebranta cada dos por tres, voluntariamente o no. Sin ir más lejos, Julián tarda un solo episodio en hacer lo que haría cualquiera de nosotros en su situación (van al grano y mantienen el interés con nuevos giros). Para algunos funcionarios, como Alonso, las dificultades radican en adaptarse a cinco siglos de progreso, lo que va desde utilizar un móvil a que exista la democracia, la igualdad de géneros o los follamigos (hablamos de un tipo que trata a sus semejantes de "vos" y debe ocultar que guarda mayor semejanza con Alatriste que con un urbanita madrileño del siglo XXI). El tormento de Amelia es saberse capaz de cambiar la historia o, simplemente, conocer la propia antes de hora: cuándo y cómo murió/morirá o qué fue/es de los suyos. Su futuro es un pasado que ella aún no ha vivido y parece reescribirse por momentos. ¿Es eso posible?

Cada cual a su manera lleva la carga lo mejor que sabe y, pese a lo variado de sus experiencias, se complementan a la perfección: recién estrenados como viajeros temporales, el trío compuesto por Amelia, Julián y Alonso es "la mejor patrulla del Ministerio". ¿Una pequeña crítica? En dos temporadas no hemos conocido a otra para comparar.

Además de personajes sólidos, las misiones son otro punto fuerte de la serie. En este sentido, siempre han puesto toda la carne en el asador. En el capítulo 3 ya pretendían evitar que Franco revelara el secreto de las puertas del tiempo al mismísimo Hitler. ¿Qué hay peor que el dictador más temible de la historia? Pues los guionistas se las ingenian para que la amenaza o la sorpresa sean la constante. A veces se trata de prevenir la desaparición de momentos históricos, como el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial (para bien o para mal, se insiste en que "el tiempo es el que es").

Como detalle curioso, la serie resulta la mar de pedagógica ya que las instrucciones de cada misión ponen en antecedentes sobre quién es quién y por qué es determinante una intervención. También se prestan a la broma, como cuando casi viajan al pasado para convencer a Gasol de que siga jugando a basket en lugar de hacer la carrera de medicina (que cursó durante unos meses en la vida real). No obstante, la mayoría de episodios consistente en un "¿qué pasaría si?" histórico en versión de disrupción temporal. Por ejemplo, en una aventura deben impedir que Cervantes venda el manuscrito de El Quijote a un grupo de americanos que ha viajado en el tiempo para comprarlo a cambio de una suma indecente; en otra, que Lope de Vega embarque en un navío que naufragará, y así un largo, imaginativo y castizo etcétera (gracias por el ilustrativo zasca sobre María Pita :p). 



Todo esto nos lleva a los secundarios y los personajes invitados: el susodicho Lope, al que dejan como un mujeriego redomado con la manos tan sueltas como la lengua (hay consistencia con acercamientos previos), el Lazarillo de Tormes, el Cid, Colón, Dalí, Buñuel o el empático y visionario Lorca, mi favorito, que contribuye a un final de primera temporada redondo. Por supuesto, no hay que olvidar la colaboración habitual del mayor pintor que jamás ha dado y dará la historia del arte... ¿No? ¿No os viene ningún nombre? ¡Pues Velázquez! ¿Quién, si no? Él no tiene la menor duda :p

Finalmente, sería un crimen hablar de personajes y dejarse en el tintero a los tres co-protagonistas: Irene (Cayetana Guillén
❤), Ernesto (Juan Gea) y Salvador (Jaime Blanch). Ellos dirigen el Ministerio del Tiempo con estoicismo y mano izquierda, haciendo concesiones aquí y allá debido a la naturaleza del trabajo que desarrollan los funcionarios (por cierto, Ernesto es un clon conceptual de Dar Adal). Pero me quiero centrar en Irene, cuyos méritos (además de los interpretativos y narrativos) pasan por haber sumado a la visibilidad y normalización de la comunidad gay en un canal de tradición rancia y viejuna como La Primera. ¡Ya iba siendo hora!

En cuanto al tono, la serie trabaja el drama de maravilla, como demuestra el fantástico doble episodio dedicado al sitio de Baler. Sin embargo, la cota de diversión alcanza los topes cuando le dan al cachondeo sin mirar atrás. Hay capítulos desternillantes, como el que sucede en el convento de Montserrat, que saca a relucir la vis cómica de Angustias (el nombre en sí ya tiene guasa) y del gran "Pacino". El mote corresponde a un rudo policía de la transición que ha dejado huella en la serie por momentos geniales y una interpretación muy fresca de Hugo Silva. El tira y afloja de los creadores y la cadena para aumentar el presupuesto es de sobras conocido; de ello depende que volvamos a ver a nuestro madero favorito, que entró como sustituto temporal y se metió a los seguidores en el bolsillo. ¡Queremos más Pacino!



 

Como decía, el humor es una constante en el Ministerio del Tiempo. Está aderezado con guiños, cameos y una retahíla de referencias a otros productos de ficción, algo que ciertos críticos no acaban de ver con buenos ojos. No lo entiendo: en una serie americana aparece Jimmy Kimmel de refilón (por decir a alguien) y nos parece un gesto súper simpático, la mar de vanguardista, muy 2.0; aquí sale Jordi Hurtado y resulta que somos unos rancios, que siempre tiramos de las mismas paridas. O se lanza una referencia bastante marciana aprovechando que tenemos por ahí a Ramón Langa como comandante de los tercios ("¡Yipikayei, hideputas!") y hay quien lo menosprecia por rebuscado e incomprensible. Tampoco lo entiendo. Los americanos hacen series para americanos que, mira por dónde, se consumen internacionalmente y tenemos la "obligación" de empaparnos de su cultura y referentes. El Ministerio del Tiempo es una serie hecha en España para que la disfruten los españoles, sin complejos y cuánto más frikis, mejor. En cualquier caso, ¿es necesario entender cada frase o broma de una historia para disfrutarla? ¿Pilláis al vuelo cada broma de The Big Bang Theory?

En esta misma línea, los homenajes a géneros cinematográficos y obras específicas son otra seña de identidad de la serie: tenemos uno fabuloso dedicado a Atrapado en el Tiempo o varios "momentos Tarantino". ¡Qué grandísimo todoterreno es Nacho Fresneda y cuán épico puede resultar Alonso De Entrerríos (¡con traje y espada!) cuando le regalas una cámara lenta! Aunque no siempre aciertan —ese juego de espejos con Cuarto Milenio se tornó redundante y pesadito, a pesar de a lo inventivo del punto de partida—, en general dan en la diana gracias al atrevimiento formal y un dominio ejemplar del formato televisivo.

¿Todo esto quiere decir que El Ministerio del Tiempo es perfecta? En absoluto. No existe ni una sola obra de ficción que trate con elegancia las consecuencias de una disrupción espacio temporal. A la que le das dos vueltas, cualquier premisa se viene abajo como un castillo de naipes —en mi opinión, la más consistente es Primer, pero os invito a discutirlo—. El Ministerio no es una excepción. Pienso que en esta serie trabajan sobre la teoría de que el tiempo no se puede cambiar y que los viajes que realizan las patrullas están contemplados en el devenir de los acontecimientos —sus intervenciones suelen redundar en que todo sea como debía ser... es decir, ¿no fue siempre así aunque ellos lo ignoren?—. Los creadores han dado fuerza a esta idea con el final de la S1, incluso el de la S2 (tremendo capítulo) o algunas frases y conceptos, pero discutir este punto se aleja de mi propósito en esta entrada. En cualquier caso, la serie expondrá su propia lógica interna tarde o temprano.




Después está el que la mayoría de problemas a los que se enfrentan —quién ha hecho algo que no debía y por qué puerta se ha escapado— se resolverían colocando cámaras en los pasillos. En serio, es un recurso del que tiran bastante y no se sostiene de ninguna manera. Sería tan fácil de desechar como explicar que el magnetismo de las puertas distorsiona las grabaciones... o cualquier otra cosa porque, sinceramente, creo que no importa en tanto que demuestren una consciencia de hacia dónde se dirigen y que saben cómo llegar allí.

El Ministerio del Tiempo podría alinearse con la peyorativa e injustamente llamada "ciencia ficción blanda", cuyo mayor exponente es Star Wars (o, quizá para este caso, Doctor Who). Para ello aboga por el entretenimiento, la aventura y el humor con una pincelada puntual de drama. Lo hace con mucho oficio, apoyándose en un puñado de fantásticos intérpretes, y con un grado admirable tanto de orgullo como de autocrítica.

Por todo lo expuesto, pros (los más) y contras (los menos), creo que El Ministerio del Tiempo mola. Me suena haberlo dicho al principio... ;)

¡Saludos!

30 de agosto de 2016

Cine: Star Trek - Beyond

(Suena el teléfono)
—
¿Diga? 

—¡Hola, Justin! ¿Qué tal? 
—Hola. Bien. Perdone, ¿usted quién es? 
—Soy XXX YYYY, de Paramount Pictures. Y no me llames de usted, por favor (risas). 
—De acuerdo... XXX (risas). Y bien, ¿a qué debo el placer de tu llamada? 
—¡Hombre de acción que va al grano! Ya encaja, ya (risas). Pues mira, quería pedirte que dirijas la tercera de Star Trek. 
—... 
—¿Hola? ¿Sigues ahí? 
—Si buscas a un director, está claro que no llamabas al número de Justin Timberlake, pero yo soy Justin Lin. 
—Sí, claro. 
—Lin. L-I-N. 
—Sí, sí. 
—El de The Fast and the Furious. 
—De la 3 a la 6, sí. ¡Nos encanta la saga Fast! Oh, y dirigiste Modern Warfare. Qué pedazo de episodio, por el amor de Dios. 
—Hace tanto de eso... 
—No te pongas triste. Una carrera es toda una vida y a veces se toca techo muy pronto. Todo lo que hay que hacer es seguir tocándolo de vez en cuando. 
—Supongo que llevas razón. 
—Claro, Justin. Por ejemplo, con Star Trek (risas). Qué, ¿aceptas? 
—Es tentador, pero... ¿Abrams está enfermo? ¿Indispuesto de algún modo? 
—No, hombre. J.J se encuentra de maravilla y te manda saludos, pero está muy ocupado rebooteando a la competencia (risas). Nos harías un favor tremendo si aceptaras. ¡Eres nuestro hombre, Justin... Lin! (risas) 
— (risas) De acuerdo, acepto. 
—Fantástico (risas). ¿Emocionado? 
—¡Por supuesto! Ya me están viniendo ideas. 
—A ver, cuéntame. 
—Así, en frío —hay que madurarlo, ¿eh?—, imagino... ¡a Kirk en moto! Algo antiguo pero a la vez moderno. 
—¡Fabuloso! 
—¿Sí? 
—Es original, no cabe duda; al público le va a encantar. ¿Ves? Sabía que era buena idea contar contigo. 
—¡Y acción a golpe de rock! 
—Bueno, bueno, Justin... ¡Cuánto entusiasmo! (risas). Eso ya es algo más atrevido, pero seguro que encuentras el modo de que funcione. 
—Y ya sabes que yo, de introspección y personajes, lo justo. Igual un poco para despistar, pero lo mío son cosas moviditas. 
—Es un acercamiento respetable. En cualquier caso, con tus películas nadie se aburre.
—¡Nadie! Son un no parar. 
—¿Ves? Aún no hemos empezado en serio y ya nos entendemos a la perfección. 
—Confieso que al principio no lo tenía muy claro. 
—No hay que darle muchas vueltas. Al fin y al cabo, es una peli de Star Trek. 
—¿En el estudio no os las tomáis en serio? 
—¡Todo lo contrario! Pero la gente va a verlas salga lo que salga. Qué te voy a contar. 
—Ya ves, esto de las franquicias da una tranquilidad... 
—Pues eso.

11 de agosto de 2016

Cine: Jason Bourne

The Strike Blog - Jason Bourne - poster
El director Paul Greengrass retoma la historia del agente Jason Bourne (Matt Damon) exactamente donde la dejó dos películas atrás. Lo hace ocupando el lugar que estaba reservado a la secuela de The Bourne Legacy, el universo expandido donde se presentaba a Aaron Cross (Jeremy Renner), otro agente traicionado y perseguido por la corrupta CIA en su intento de borrar todo rastro de un nuevo programa de adiestramiento de mercenarios.

En lo personal, la aventura de Cross me dejó indiferente. Lejos de despreciar a Renner como actor –está bien en The Avengers y estupendo en Mission:Impossible o American Hustle—, no acabé de empatizar con él porque era un poco... ¿cretino? Será cosa de gustos, pero no me convenció. De hecho, al principio aparece Jason Isaac interpretando a otro soldado y se me iluminaron los ojillos, conque imaginaos el chasco que me llevé cuando en dos minutos lo liquidan. En fin, sin necesidad de extenderme más sobre Legacy, me cuento entre los que se alegraron al saber que el tándem Greengrass/Damon estaba de vuelta.

Esta quinta entrega de la saga exige que el espectador tenga buena memoria y un conocimiento razonable del personaje. Con un flashback de apertura (la secuencia final de Ultimatum, la tercera película) dan por zanjado el asunto de ponernos al día; a partir de ahí, vía libre para repartir estopa mientras se van atando cabos.

En cuanto a los tortazos, abundantes y bien dados, quiero recalcar que Bourne se enmarca en el cine de acción y no el de espionaje. La mezcla de estilos de lucha cuerpo a cuerpo y la brutalidad de estos (práctica y coherente, dado el contexto) redefinieron el género hasta el punto de influir en el enfoque del Bond de la era Craig. No sólo eso, cada película es una persecución sin descanso que lleva al límite la imaginación de escenógrafos y montadores para sorprendernos con algo mil veces visto. En un panorama dominado por el absurdo y los efectos especiales, el tratamiento de Greengraas supone un soplo de aire fresco. Como muestra de genialidad, en esta hay una espectacular secuencia en Atenas que es pura adrenalina y justifica por sí sola el precio de la entrada. 


La trama también ha ganado en profundidad al colocar la actualidad política en primer plano —los disturbios de la citada escena, tan realistas que ponen la piel de gallina— y meter un dedo en la llaga de la seguridad de las aplicaciones móviles. No es en absoluto descabellado pensar que las grandes corporaciones nos la estén metiendo doblada de esta manera. De hecho, la credibilidad y veracidad de lo expuesto —no entro en detalles— da bastante miedo. Además, disponer de Vincent Cassel como antagonista es otro de los aciertos de la cinta, pues se trata de un gran actor de presencia carismática e inquietante.
 
The Strike Blog - Jason Bourne - Alicia Vikander y Tommy Lee Jones
No obstante, hay que decir que nos dan cal y arena. Si bien acabo de aplaudir la coherencia y la sobriedad de la acción en Bourne, me veo obligado a pegarle un tirón de orejas a una de las persecuciones: donde Atenas quita el aliento, Las Vegas da ganas de arrancarse los ojos de las cuencas. Parece rodada por el doppelgänger de Greengrass, ese tipo que se llama igual y físicamente es clavado a él, pero en realidad es un perturbado con un gusto próximo al de Michael Bay que llega al set de rodaje y monta un cifostio digno de The Fast & The Furious. Coches saltando por los aires. En masa. Tal cual. Si la escena fuese breve, podría pasarse por alto ya que en dos horas hay sitio para meter la pata, pero es larguísima y va de mal en peor. El arranque, un poco a lo Rambo 3, lo puedo tolerar. 
Sobre las nuevas incorporaciones, Tommy Lee Jones se pasea por ahí en modo de piloto automático (en serio, no aporta nada, cualquier tipo con cara de malas pulgas servía) y la agente especial Heather Lee, interpretada por Alicia Vikander, parece un equipo de CSI: hace de todo, esté justificado o no. Dirige operaciones, hackea, es agente de campo.... Para colmo, sus motivaciones se columpian entre lo gris y lo incomprensible. Esto no sé si es cosa mía, que no presté suficiente atención, del guion o de la actriz, así que utilizo el comodín de la entretenidísima The Man from U.N.C.L.E. para no elegir lo último.

Finalmente, jamás una franquicia le ha sacado tanto jugo a la amnesia. Siendo críticos, la constante de recuperar la memoria, cada vez un cachito más, y una fórmula casi idéntica (localizan a Bourne, le dan caza y él acaba con todos los malos mientras destapa una conspiración gubernamental) llevan repitiéndose con mínimas variaciones desde The Bourne Supremacy, la segunda del paquete. No estoy pidiendo una re-reinvención del cine de acción (eso lo hará Nicholas Cage a los 60, muy a lo Liam Nesson XD). Tengo claro que Bourne ha llegado hasta aquí siendo una de las mejores en lo que hace y en esta ocasión lo ha vuelto a demostrar —aunque creo que la presencia del Amor hacía mucho bien al torturado agente, ahora algo más frío e inhumano de lo habitual—. Cada entrega del personaje supone una cita ineludible para los amantes de la acción de corte más o menos realista, pero sería gratificante ver algún tipo de esfuerzo por innovar como en su día hicieron la primera y segunda parte.

The Strike Blog - Jason Bourne - Vincent Cassel 
Ese intento por crecer narrativamente sí que se vio en The Bourne Legacy, que lanzaba la propuesta de agentes potenciados mediante adictivas píldoras. Por eso, aunque celebro el retorno de Damon como Bourne, me incomoda la sensación de "hacemos como que aquí no ha pasado nada", tan de moda en reboots y secuelas tardías. Más allá de conjeturas, es difícil saber qué futuro le espera al agente Cross: ¿el ostracismo cinematográfico? ¿Un Cross-over con Bourne? (perdón por el chiste malo :p). ¿Y qué pasa con Bourne? ¿Le harán recuperar otro pedacito de memoria en la siguiente? Cruzar los caminos de ambos fugitivos les hubiera permitido explorar dos formas distintas de trabajar y, quién sabe, realizar un relevo de forma natural o acabar por completo con esa posibilidad... porque el trabajo en equipo no es precisamente el fuerte de ninguno de ellos. Antes he dicho que Cross era un poco cretino; aunque no me cuesta imaginar a Bourne quitándolo de en medio (por principios, ya sabéis :p), lo más productivo sería convertirles en frenemies y mantener una doble franquicia con estrella invitada de lujo. En cualquier caso, la suma de talentos es una vía que tanto Legacy como Jason Bourne parecen dejar pasar de largo, al menos de momento.

En conclusión y para dejar de divagar, Jason Bourne es una película notable. Parece que tenemos agente amnésico para rato y, cuando se vuelva a dejar encontrar por la CIA en dos o tres años, no pienso perdérmelo.

¡Saludos!