
Retomando el viejo debate de si una adaptación debe ser fiel a los hechos o a la esencia de la historia en que se basa, el director vietnamita ha hibridado ambas opciones. Pese al holgado metraje de 130 minutos, muchos son los elementos que han quedado fuera. No queda ni rastro del sentido del humor que sobrevolaba las páginas de Murakami (las locuras de Tropa de Asalto han quedado reducidas a un innecesario cameo, los juegos constantes de Midori se han convertido en honesto flirteo), pero la nostalgia, el dolor, la responsabilidad, las emociones y la magnífica recreación de una época están ahí.
Gracias a su fotografía preciosista, Tokio Blues funciona como una película sensorial en la que cada fotograma exuda humanidad. El uso de una paleta fuertemente contrastada, bañada por luces ocres, azules o blancas que concuerdan con los estados de ánimo de los protagonistas, recuerda a la de otros cineastas como Wong Kar-Wai, capaces de enamorar a nuestras retinas hasta el punto de olvidar que tras tanta belleza plástica debe haber una narrativa fluida. Durante la mayor parte del tiempo, Tokio Blues supera ese bache sin dificultad. Para lograrlo, la complejidad introspectiva del relato desaparece (el uso de voz en off, homenaje a los pasajes literarios y enlace directo con la psique del narrador-protagonista, es casi inexistente) en favor de centrarse en el triángulo amoroso formado por Watanabe, Naoko y Midori, probablemente la única forma de llevar a cabo la adaptación sin traicionar al original. Sin embargo, las elipsis frecuentes del último tercio entorpecen la comprensión y la cabeza de Watanabe se torna en territorio inescrutable (ya costaba ver la lógica de ciertos eventos en papel, así que imaginaos).
Un tramo final mejorable no es suficiente para empañar la buena impresión general que deja Tokio Blues, una película recomendable para aquellos que estén acostumbrados al tempo pausado del cine asiático. De todas formas, si el buen hacer de Tran Anh Hung cala en vosotros, no puedo sino señalar en dirección a la novela de Haruki Murakami, fuente de inspiración, riquísima en matices y muy apreciada por varios lectores de este blog.
¡Saludos!